Salmo 34:15; 85:10; Proverbios 3:1-2; 3:17; 17:1; Isaías 48:22; 57:21; Zacarías 8:12; 8:16; 8:19; Malaquías 2:6; Marcos 9:50; Lucas 2:14; 14:32; Juan 14:27; Romanos 1:7; 2:10; 8:6; 14:17; 14:19; 15:33; 16:20; 1 Corintios 7:15; 2 Corintios 13:11; Gálatas 5:22; Efesios 4:13; Colosenses 3:15; 1 Tesalonicenses 5:13; 2 Timoteo 2:22; Hebreos 12:14.
Cuatro campesinos se encontraban fuera de una ciudad cuando iban de viaje. Los llamaremos los señores A, B, C y D.
El señor A y el señor B durante mucho tiempo habían estado fuertemente enojados, el uno contra el otro por causa de algunos límites de sus propiedades, pues eran vecinos, y dichos límites no estaban claramente definidos. Cuando A y B se vieron no se saludaron, se hicieron reclamaciones recíprocamente, comenzaron a usar un vocabulario insolente y a ofenderse de palabra. Entonces A desafió a B para que pelearan a puñetazos: A comenzó, y B devolvió los golpes… Al fin A fue derrotado, y cayó al suelo.
Mientras los señores C y D estuvieron observando el desarrollo de los acontecimientos; y aunque tenían un problema como el de A y B, y los niños de uno habían peleado con los niños del otro, el señor C dijo a D: “Señor D, yo creo que debemos orar. Vamos a orar.” Después de la oración dijo el señor D: “Vamos a ponernos de acuerdo; para arreglar nuestro problema yo haré mi parte y usted hará la suya. Cada uno de nosotros tiene algo de razón y ha cometido unos errores en este asunto.” El señor C estuvo de acuerdo en esto, y después de haber orado otra vez resolvieron su problema; y el domingo siguiente se sentaron juntos en el templo y juntos adoraron a Dios. —
Adaptado de Higley.