1 Corintios 6:9-11.
Hace algunos años, un joven que vivía en un pequeño pueblo minero era muy borracho. Una noche fue a predicar un ministro, y nuestro joven, aunque estaba ebrio, asistió al culto. Tenía temor de que los directores le dijeran que se fuera, pero nadie lo trató mal y se quedó a todo el culto y escuchó el sermón. Como los cultos continuaron durante algunos días, el minero siguió asistiendo, y por fin un domingo él y toda su familia hicieron profesión de fe.
Inmediatamente dejó de beber, y se notó el cambio que se había efectuado en su vida.
Al poco tiempo el minero dijo que deseaba ayudar para que se organizara una iglesia en el pueblecito. Empezó a hablar de su Salvador a todos, visitó a todas las familias de la localidad hablándoles de las buenas nuevas de salvación. Algunas veces lo recibían bien, otras le daban con las puertas en la cara; pero él no se desanimaba, y Dios bendijo su ministerio.
En la actualidad hay una iglesia organizada en aquel pueblecito minero, solamente porque un hombre que entregó su corazón al Señor estuvo dispuesto a dar testimonio de lo que Dios había hecho por él. —Adaptada.