Mateo 18:1-5; 19:13-15; Marcos 10:13-16; Lucas 18:15-17; 1 Corintios 13:4-7, 13.
Meditaba en su cuarto de estudio un predicador, buscando una ilustración sobre el amor. De pronto entró en el cuarto su hijita pequeña, diciendo: —Papá, siéntame un poco sobre tus rodillas. —No, hijita, no puedo ahora; estoy muy ocupado —contestó el padre.
—Quisiera sentarme un momento en tus rodillas, súbeme, papá —dijo ella. El padre no pudo negarse a una súplica tan tierna, y tomó a la niña y la subió a sus rodillas, y dijo:
—Hijita mía, ¿quieres mucho a papá? —Sí que te quiero —contesta la niña—, te quiero mucho, papá. —¿Cuánto me quiere, pues? —preguntó el padre. La niña colocó sus manecitas en las mejillas de su padre, y apretándolas
suavemente, contestó, con afecto:
—Te quiero con todo mi corazón y con mis dos manos.
Esta respuesta encerraba en pocas palabras lo que debe entenderse por una dedicación competa, y dio al predicador el ejemplo que buscaba.