LA LÁMPARA DEL CUERPO

lampara-cuerpo“La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántos no serán las mismas tinieblas?” (Mateo 6:22-23; Ver también Lucas 11:33-36).

No se conocían las velas de cera. De modo que las lámparas eran de aceite, generalmente de oliva. Solían ser de metal o barro, con una mecha de junco seco que se insertaba en la lámpara o simplemente flotaba en el aceite. Su forma era muy parecida a nuestras teteras.

En esta parábola, considerando su sentido emblemático, hemos de pensar que la lámpara a la que Jesús se refiere es el candelabro conocido como “menorá”. El simbolismo está estrechamente ligado al de la luz, que acabamos de estudiar.

Las Escrituras contienen el hebraísmo del propio Dios como lámpara del hombre:

“Tú eres mi lámpara, oh Señor; mi Dios alumbrará mis tinieblas.” (2º Samuel 22:29).

Mucho más frecuente es el simbolismo de la Palabra de Dios como lámpara y luz:

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” (Salmo 119:105).

“Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz.” (Proverbios 6:23).

Incluso la vida del hombre es figurativamente presentada como lámpara de Dios:

“Lámpara del Señor es el espíritu del hombre, la cual escudriña lo más profundo del corazón.” (Proverbios 20:27).

La figura es también aplicada por nuestro Señor para referirse a nuestra necesidad de estar preparados para su segunda venida:

“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles.” (Lucas 12:35-37).

La luz, bajo la figura del candelero de seis brazos más la luz de la caña central, llegó a ser símbolo de Israel. El Señor le mostró a Moisés en la cumbre del monte Sinaí la figura del candelabro de oro que debería poner en el tabernáculo, y que después pasaría al templo de Jerusalem:

“Harás además un candelero de oro puro; labrado a martillo se hará el candelero; su pie, su caña, sus copas, sus manzanas y sus flores, serán de lo mismo. Y saldrán seis brazos de sus lados; tres brazos del candelero a un lado, y tres brazos al otro lado.” (Éxodo 25:31-32; Ver también vv. 33-40).

“Y mandarás a los hijos de Israel que traigan aceite puro de olivas machacadas, para el alumbrado, para hacer arder continuamente las lámparas. En el tabernáculo de reunión, afuera del velo que está delante del testimonio, las pondrá en orden Aarón y sus hijos para que ardan delante del Señor desde la tarde hasta la mañana, como estatuto perpetuo de los hijos de Israel por sus generaciones.” (Éxodo 27:20-21). (Ver también Levítico 24:1-4).

El profeta Zacarías nos da la interpretación del simbolismo del candelero: “Volvió el ángel que hablaba conmigo, y me despertó, como un hombre que es despertado de su sueño. Y me dijo: ¿Qué ves? Y respondí: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus siete lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda. Proseguí y hablé, diciendo a aquel ángel que hablaba conmigo: ¿Qué es esto, señor mío? Y el ángel que hablaba conmigo respondió y me dijo: ¿No sabes qué es esto? Y dije: No, señor mío. Entonces respondió y me habló diciendo… Estos siete son los ojos del Señor, que recorren toda la tierra.” (Zacarías 4:1-6, 10).

En el relato de la adoración celestial que hallamos en Apocalipsis, los siete ojos son representados como siete espíritus:

“Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios.” (Apocalipsis 4:5).

La figura hace acto de presencia en la visión del Señor glorificado que se le concede a Juan:

“Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro… Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.” (Apocalipsis 1:12-13, 16).

“Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto.” (Apocalipsis 2:1).

Anteriormente, el propio Señor Jesucristo glorificado es quien nos da la explicación del simbolismo de las estrellas y de los candeleros:

“El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias.” (Apocalipsis 1:20).

En varias de las parábolas, Jesús emplea la figura de la lámpara o de la luz, como es el caso de la parábola de la monedas perdida, que nos da solamente Lucas en 15:8-10, y en la que se manifiesta el inmenso amor del Señor que busca y halla al hombre perdido en la oscuridad del pecado, para trasladarlo a la luz del reino del Señor. También en la parábola de las doncellas prudentes y de las insensatas, donde, como estudiaremos más adelante, se nos insta a la constante vigilancia en la espera del Señor.

Jesús no nos dice que el ojo sea una luz, sino una lámpara portadora de luz para el cuerpo. El ojo es la facultad espiritual que nos permite reconocer y recibir la luz de la verdad divina. No hay posibilidad de que el cuerpo pueda recibir luz alguna si el ojo está en oscuridad. Todo el contexto nos habla de la singularidad del servicio a Dios: No puede haber nada más que un tesoro, una fuente de luz y un solo Señor y Maestro. (Ver Mateo 6:19- 24).

En el paralelo de Lucas 11:33-36, el contexto claramente apunta hacia la oscura percepción de los fariseos, la cual no les permite reconocer a Jesús como Mesías, principalmente por causa de su actitud hacia el dinero:

“Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas. Y oían también todas estas cosas los fariseos, que eran avaros, y se burlaban de él –de Jesús-.” (Lucas 16:13-14).

Jesús, como una lámpara de generoso desprendimiento, alumbraba a todos e inundaba de luz cada estancia y cada rincón. Y los fariseos quedaban deslumbrados y avergonzados.

La lámpara es figura de la entrega generosa que Dios nos hace al venir a estar entre nosotros como uno de nosotros, en un templo de carne. El Señor, que es luz, se da, y lo hace antes de ser solicitado. Él siempre toma la iniciativa generosa. Nunca nos da nada en lo que no se dé. Por eso les cuesta tanto a los egoístas y avaros aceptar el acto de la encarnación del Verbo.

Comments

  1. nancy bautista rodriguez says

    muy bueno el estudio muchisimas gracias el señor los siga bendiciendo me a yudaron mucho a entender las cosas

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