
“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14-16).
La luz manifiesta todas las cosas. Es la expresión por excelencia de lo inmaterial, y, por consiguiente, simboliza muy adecuadamente la naturaleza o esencia de Dios. De ahí que las luminarias siempre se hayan asociado a la presencia o al culto a la Divinidad:
“Muchos son los que dicen: ¿Quién nos mostrará el bien? Alza sobre nosotros, oh Señor, la luz de tu rostro.” (Salmo 4:6). “Bendice, alma mía, al Señor. Señor, Dios mío, mucho te has engrandecido; te has vestido de gloria y de magnificencia. El que se cubre de luz como de vestidura. Que extiende los cielos como una cortina.” (Salmo 104:1-3).
“Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz.” (Daniel 2:22). “El bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible.” (1ª Timoteo 6:15-16).
“Y no vi en ella –la Nueva Jerusalem celestial- templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.” (Apocalipsis 21:22-23).
La luz expresa también la propia vida del ser humano. De ahí la perífrasis de “dar a luz” o “ver la luz” para referirnos al acto del nacimiento.
Las Escrituras muestran que la luz verdadera es independiente del resplandor de los cuerpos celestes. Y no sólo esto, sino que sobre la luz pronuncia 4el Señor el primer juicio de valor:
“Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena.” (Génesis 1:3-4). A diferencia de los maniqueos, quienes enseñaban que el mundo y la humanidad nacieron de la mezcla de las tinieblas y la luz, por lo que la redención de los hombres consistía en la liberación de los elementos luminosos de entre las tinieblas, las Sagradas Escrituras nos muestran la redención como el acto iluminador de Dios en Cristo por medio del Espíritu en el corazón –la conciencia- del hombre pecador. Así lo enseña el apóstol Pablo: “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” (2ª Corintios 4:6).
En el libro de Isaías vemos que la luz está igualmente asociada a la persona y a la venida del Mesías:
“Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos… Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” (Isaías 9:1-2, 6).
En el Evangelio de Juan vemos el cumplimiento de la profecía de la luz mesiánica en la persona del Verbo encarnado: “Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció.” (Juan 1:9-10).
“El cual –Jesucristo- siendo el resplandor de su gloria –de Dios- y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” (Hebreos 1:3).
“Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.” (Juan 3:19).
“Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1ª Juan 1:5). Jesús nos da una contundente declaración de ser Dios manifestado en carne en su manifestación como luz:
“Otra vez Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” (Juan 8:12).
Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo.” (Juan 9:5). “Entonces Jesús les dijo: Aún por un poco está la luz entre vosotros; andad entre tanto que tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; porque el que anda en tinieblas, no sabe a dónde va. Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz.” (Juan 12:35-36).
“Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.” (Juan 12:46).
Cuando José y María suben al templo de Jerusalem para la presentación de Jesús, el anciano Simeón toma al niño en sus brazos y proclama el cumplimiento de la encarnación de la luz: “Y he aquí había en Jerusalem un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo: Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.” (Lucas 2:25-32).
Ser la luz del mundo significa que como discípulos de Jesucristo somos portadores de la luz del Señor a todo el mundo. Así lo expresa en apóstol Pablo escribiendo a los Filipenses: “Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo.” (Filipenses 2:13-15).
“Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz.” (Efesios 5:8). Nuestro testimonio es comparado por el Señor a una ciudad asentada sobre un monte. El contexto parece apuntar a Judea, y no tanto a Galilea, pues en el norte de Palestina los pueblos estaban asentados en la llanura y en las faldas de las colinas, como en Filistea, mientras que en Judea ocupaban los altos de la montaña, y los valles en Samaria. Da la impresión que Jesús estuviera pensando en Belén, más que en Nazaret.
La lámpara no se colocaba sobre la mesa, principalmente a causa de la carencia de mesas; piezas de mobiliario que sólo poseían los muy acomodados, por su influencia helenista. Frecuentemente, el candelero se colocaba sobre un pedestal, en alto, para que toda la estancia fuera iluminada. “Los que están en casa” es una clara referencia al pueblo de Israel, llamado a ser luz para las naciones, como una lámpara que ilumina el camino de acceso a los gentiles. Jesús cumple este propósito divino siendo encarnación del Dios de Israel y del Israel de Dios. Evidentemente, Jesús está invitando a sus discípulos a vivir en la luz para que los que se aproximen y vengan puedan ser alcanzados por ese resplandor.
El almud sería la medida de grano, habitual en la casa judía de la época, y que los romanos denominaban “modius”. El simbolismo claramente apunta hacia el fruto bajo la luz.