
“Alaben la misericordia del Señor, y sus maravillas para con los hijos de los hombres. Porque quebrantó las puertas de bronce, y desmenuzó los cerrojos de hierro. Fueron afligidos los insensatos, a causa del camino de su rebelión y a causa de sus maldades; su alma abominó todo alimento, y llegaron hasta las puertas de la muerte.” (Salmo 107:15-18).
“Se enlutó Judá, y sus puertas se despoblaron; se sentaron tristes en tierra, y subió el clamor de Jerusalem.” (Jeremías 14:2).
“Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella. Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el –esto es, “casa de Dios”- aunque “Luz” –“almendro”-era el nombre de la ciudad primero.” (Génesis 28:16-19).
En las grandes mansiones de oriente solía haber una gran puerta visible y conocida por todos, pero también había una pequeña entrada que sólo unos pocos conocían.
Nuestro Señor Jesucristo se presenta claramente como Camino al Padre, Puerta del Cielo y Casa de Dios:
“Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6).
“Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos.” (Juan 10:9).
Sólo Jesucristo es puerta a la Iglesia, pueblo de Dios, y por lo tanto a la salvación:
“Alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de ti hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el llanto y el crujir de dientes.” (Lucas 13:23-28).
“Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo.” (Hebreos 10:5).
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad… A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Juan 1:1, 14, 18).
“Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre… ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?… Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí.” (Juan 14:911).
“Porque en él –en Jesucristo-habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.” (Colosenses 2:9).
“Y pondré mi morada en medio de vosotros, y mi alma no os abominará; y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo. Yo el Señor vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para que no fueseis sus siervos, y rompí las coyundas de vuestro yugo, y os he hecho andar con el rostro erguido.” (Levítico 26:11-13).
“Decid a los de corazón apocado: Esforzaos, no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará.” (Isaías 35:4).
Podemos seguir el camino de la salvación cuando se nos abre la puerta de la fe:
“Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar.” (Colosenses 4:2-4).
“Y habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles.” (Hechos 14:27).
“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.” (Apocalipsis 3:20).
La figura de la puerta aparece también con una clara connotación escatológica en la descripción de la Jerusalem celestial:
“Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla.” (Apocalipsis 21:21).
El simbolismo de la perla está relacionado con los elementos del agua y de la luna. Los antiguos pensaban que la luna y el agua engendraban las perlas en el interior de la ostra, como si se tratara de la gestación de un embrión en un vientre femenino. Quizás de ahí el término de “madreperla”. Para los hebreos también era un símbolo de lo celestial. Por eso es que Jesús les dice a los discípulos: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” (Mateo 7:6).
En las Sagradas Escrituras, los cerdos son figura de los pueblos paganos que asolaron a Israel en el curso de los siglos:
“¿Por qué aportillaste sus vallados, y la vendimian todos los que pasan por el camino? La destroza el puerco montés, y la bestia del campo la devora.””(Salmo 80:12-13).
Tratándose de animal impuro –ver Levítico 11:7-8 y Deuteronomio 14:7-8- el cerdo pasó a ser figura de la impureza humana, e incluso, por extensión, de la falta de sentido y cordura:
“Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa y apartada de razón.” (Proverbios 11:22).
De igual modo, el acceso al reino de los cielos –Mateo, que escribe originalmente para judeo-cristianos, emplea “cielo” para evitar el uso del nombre de Dios- es comparado por el Señor con una perla de gran precio, para adquirir la cual hay que estar dispuesto a dejarlo todo:
“También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.” (Mateo 13:45-46).
Saludos, Un Abrazo
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