LOS DOS CIMIENTOS

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cimientos“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras, y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. Y cuando terminó Jesús estas palabras, loa gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.” (Mateo 7:24-29; Ver también Lucas 6:46-49).

El simbolismo de la casa es muy rico en la mentalidad oriental en general, y en la semítica en particular. En la escritura jeroglífica egipcia, la figura de la casa es la misma que el seno materno. Los romanos llamaron “casa eterna” al sepulcro. Y los sabios de Israel hablaron de la mujer como ”casa” del hombre.

En las Sagradas Escrituras, la casa es la familia del hombre, excepto cuando se alude específicamente al edificio. En el Nuevo Testamento, la Casa de Dios es la Comunidad Cristiana:
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.” (Efesios 2:1922).

“Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.” ( 3:5-6).

“Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo. Por lo cual también contiene la Escritura: He aquí, pongo en Sión la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; y el que creyere en él, no será avergonzado.

Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso; pero para los que no creen, la piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: Piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes; a lo cual fueron también destinados.” (1ª Pedro 2:4-8).

La imagen que Jesús nos da puede parecernos simplista, pero hasta el día de hoy vemos que se construyen casas en medio de ramblas secas y cauces de viejos arroyos por los que un día, cuando vengan las lluvias abundantes, volverán a correr las aguas, buscando sus antiguos cauces, y arrastrando con el torrente la arena y las piedras acumuladas durante años.

El sentido espiritual de la parábola lo desarrolla el apóstol Pablo en su primera Carta a los Corintios:
“Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire como sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” (1ª Corintios 3:9-11).

Las figuras de la lluvia y el viento son también muy ricas en las Sagradas Escrituras. La lluvia, como agua del cielo, suele estar asociada a la bendición que el Espíritu Santo derrama:
“Y daré bendición a ellas y a los alrededores de mi collado, y haré descender la lluvia en su tiempo; lluvias de bendición serán.” (Ezequiel 34:26).

“Y conoceremos, y proseguiremos en conocer al Señor; como el alba está dispuesta su salida, y vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra.” (Oseas 6:3).

“Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso del Señor. Y todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalem habrá salvación, como ha dicho el Señor, y entre el remanente al cual él habrá llamado.” (Joel 2:28-32).

Igualmente, la figura del viento generalmente se refiere a las bendiciones del Señor para su pueblo fiel. La propia palabra hebreas para el viento es “rúaj”, la misma voz que empleamos para referirnos al Espíritu de Dios. Son numerosísimos los textos bíblicos que aluden al viento. Veamos unos pocos ejemplos muy significativos:
“Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.” (Génesis 1:2).
“Y me dijo: Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Dios el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estas muertos, y vivirán.” (Ezequiel 37:9; ver el capítulo 37 completo).

Jesús juega con los dos sentidos de la palabra “espíritu” en su conversación con Nicodemo:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciera del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” (Juan 3:5-8).

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino de cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otros lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.” (Hechos 2:14).

Sin embargo, en esta parábola las aguas y los vientos no son para bendición, sino para juicio. El huracán y la tormenta son figuras de juicio:
“He aquí que la tempestad del Señor saldrá con furor; y la tempestad que está preparada caerá sobre la cabeza de los malos”. (Jeremías 23:19).

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3 respuestas a LOS DOS CIMIENTOS

  1. michy dice:

    UN espacio en el ciberespacio para contactar a los que son llamados a ser conquistadores

    jccc.activos-blog.com

  2. Rubicel Arguelles Ramirez dice:

    excelente pagina

  3. Héctor aragundi dice:

    Gracias por la reflexión me fue de bendición para mi vida

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