
“Porque el reino de los cielos es como un hombre que yéndose lejos, llamó a sus siervos y les entregó sus bienes. A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos. Y el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos, y ganó otros cinco talentos. Asimismo el que había recibido dos, ganó también otros dos. Pero el que había recibido uno fue y cavó en tierra, y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Llegando también el que había recibido dos talentos, dijo: Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros dos talentos sobre ellos.
Su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Respondiendo su señor, le dijo: Siervo malo y negligente, sabías que siego donde no sembré, y que recojo donde no esparcí. Por tanto, debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses. Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.” (Mateo 25:14-30).
Sólo la registra Mateo, aunque en Lucas 19:12-27 hallamos la parábolas de las minas, que es muy similar. No obstante, podemos encontrar algunos puntos diferenciales entre ambas. Primeramente, las ocasiones en que el Señor relató ambas parábolas; y en segundo lugar, los distintos incidentes que hallamos en ellas:
“Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalem, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente. Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver. Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo. Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros. Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno. Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas. Él le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades. Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas. Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades. Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo; porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste. Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré; ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses? Y dijo a los que estaban presentes: Quitadle la mina, y dadla al que tiene la diez minas. Ellos le dijeron: Señor, tiene diez minas. Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedles acá, y decapitadlos delante de mí.” (Lucas 19:11-27).
En ambas parábolas seguimos apreciando cierto gusto a la llamada a ser vigilantes y mantener la actitud de vela. También apreciamos el contexto comercial de una antigüedad en la que gran parte de las transacciones mercantiles eran realizadas por esclavos, y a quienes frecuentemente se les encomendaban operaciones de gran importancia. Tengamos en cuenta que un talento eran sesenta minas, es decir, seis mil dracmas; es decir, 21 kilos 600 gramos de plata. Una auténtica fortuna para la época. Además, queda perfectamente claro en ambas que la vida de la Iglesia, su tiempo entre la ascensión y la parousía, no ha de ser un período de inactividad, sino de trabajo en la extensión del reino de Dios. No ha lugar para la espera inactiva, sino para el empleo de los talentos que como hijos de Dios hemos recibido todos y cada uno de nosotros.
La referencia al viaje que el hombre emprende a un país lejano nos recuerda la proto-parábola que hallamos en el Evangelio de Marcos:
“Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo. Es como el hombre que yéndose lejos, dejó su casa, y dio autoridad a sus siervos, y a cada uno su obra, y al portero mandó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo,
o a la mañana; para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y a lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad.” (Marcos 13:33-37).
En la ausencia de Cristo en la carne, bajo la dirección de su Santo Espíritu, el Señor nos concede a cada uno de los suyos una porción de su autoridad en la forma de talentos, dones, ministerios y operaciones para obrar en su nombre. También podemos ver bajo la figura de los diversos talentos la amplia gama de labores que es posible realizar en la extensión del reino de Dios.
En la parábola de las minas, cada uno de los siervos recibió una, pero aquí, en la parábola de los talentos, uno recibió cinco, otro recibió dos, y un tercero recibió uno. Evidentemente, la diversidad de talentos muestra la realidad de diversidad de capacidades. A cada uno se le da conforme a su capacidad. Y el Señor espera mucho de aquellos a quienes mucho se les ha concedido, y mucho menos de los más sencillos o menos iluminados. El que se nos otorgue más nos hace más responsables delante de Dios y de nuestro prójimo. Curiosamente, esta parábola es la que ha hecho que la palabra “talento” haya pasado a muchas lenguas occidentales con el sentido de “habilidad” o “don” para realizar algo provechoso con maestría. Ahora bien, cuando llega el momento de la rendición de cuentas, el señor recibe conforme a dichos talentos, y el reconocimiento es el mismo para cada uno de los siervos, así como el acceso al gozo reservado para los fieles, por cuanto lo que se galardona es la actitud de consagración, fidelidad y prudencia en la obra.
“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.” (Mateo 24:45).
La idea del viaje a tierras lejanas está muy relacionado con la práctica comercial de la antigüedad, pero este dato, acompañado de la mención del regreso del señor “después de mucho tiempo” (v. 19) claramente apunta a que la Segunda Venida de Cristo no sería tan inmediata como algunos de los discípulos anticipaban que fuese.
La maldad del siervo que no trabajó con lo que el señor le había encomendado fue su negligencia. El señor no esperaba de él que hiciera grandes cosas. Conocía su habilidad. Por eso es que le encomendó un solo talento. Pero aquel siervo bien podía haberlo invertido entregándolo a los banqueros. No precisaba para eso de ninguna capacidad ni inteligencia especiales, simplemente depositarlo en manos de quienes hubieran negociado con aquel talento. Aquí el término “banqueros” es el griego “trapezítes”, de la raíz “trápeza”, que es “mesa”, “banco”, y de donde viene la forma latina “mensarii” y nuestra voz castellana “mesa”, y literalmente significa “los que están a la mesa”, por cuanto los banqueros y cambistas de dinero de la época que nos ocupa, al igual que los publicanos o cobradores de impuestos, empleaban mesas para su labor en las plazas de mercado de las ciudades y pueblos.
El siervo negligente sufrió pérdida, por cuanto siempre se pierden todos los talentos desaprovechados. No era digno de poseer lo que su señor le había encomendado. Por eso le fue dado a quien más se había esforzado en su trabajo. Los privilegios de servicio y autoridad en la plenitud del reino de Dios, todavía no revelados, serán en proporción a la consagración, fidelidad y prudencia de nuestro servicio en esta tierra como testigos de Jesucristo.